29 oct. 2016

El trabajo del sueño y el reino del inconsciente

He de decir que cada vez me cuesta más escribir de día. Siempre he preferido la noche; es más, llevo unos cuantos meses, quizás algún año, acostumbrando mi cuerpo y mi mente a liberar tensiones entre las horas de sueño con el fin de serenarme y dar rienda suelta a mis miedos en forma de pequeñas píldoras de lucidez. 
   Puede que no sea una buena costumbre, y deba volver a los días grises de machacar las ideas hasta que éstas cobren peso y caigan por mi mismas como si de lluvia se tratara, pero el caso, es que el método funciona. Uno no encuentra la felicidad librándose de ella, solo acostumbrándose a su ausencia. 

Como ya alguno habrá adivinado, el texto que sigue a continuación trata de miedos, pero de unos miedos particulares que se traducen en sueños. El mundo de los sueños es demasiado amplio e inabarcable, y precisaría de muchos más textos para poder contar una ínfima parte de ellos, pero de momento, este es el único al que ustedes van a tener acceso. Una pesadilla que cobra vida gracias a la tinta. Quizás algún día me anime a escribir otros sueños, pero como dijo un maestro que atesoro todo cuanto puedo, “eso es otra historia, y en otro momento será contada”. Confórmense con lo que ya está escrito.

La pasada noche, cuando la madrugada ya daba signos de agotamiento, me desperté sobresaltado y bañado en un océano de sudor frío como el hielo por culpa de un mal sueño que había conseguido tensar todos los músculos de mi frágil cuerpo. 
   El temible sueño, que como una vela a punto de consumirse por completo ahora me resultaba un tanto inocuo y para nada tan terrorífico, versaba sobre un hombre, un alter ego deformado de mi mismo ser, que era perseguido sin descanso por lo que parecía más sombra que hombre, puesto que cada vez que me giraba a mirar atrás, no veía nada, como Orfeo a la salida de las puertas del infierno cuando Eurídice ya había desaparecido. 
   Pero sin embargo, sentía su presencia en mi nuca cada vez que daba un paso; sentía un escalofrío en mi espalda cada vez que cruzaba una esquina, porque sabia que estaba cerca, y que tarde o temprano me alcanzaría para hacer de mi lo que quisiera; fuera darme muerte, fuera robarme o lo que pasara por su perversa cabeza.
   A cada paso que daba, más me pesaban las piernas; era como si en vez de dar un paso tuviera que dar un millón cada vez que levantaba mi pierna izquierda y la ponía junto a mi derecha, o viceversa. Ya se que esto es una situación típica de un sueño, el famoso terror nocturno del doctor Freud, pero eso lo sé ahora, a estas horas del día en las que el sol ya calienta la ventana y me hallo en mi estudio alumbrado donde puede dedicarme con entera ocupación a mis quehaceres diarios. Pero en la noche todo cambia, lo que es real se vuelve falso, y lo falso real, consiguiendo que hasta el más idealista pierda sus convicciones y se convierta en un nihilista preso de un terror imaginario o un deseo incontrolable.

   El caso, para no alegarme demasiado, ya que ustedes tendrán sus cosas que hacer y yo no puedo perderme todo el tiempo en lo mismo, es que yo seguía intentando andar y a cada paso, mi invisible perseguidor parecía que iba a alcanzarme. Sin embargo, al volverme no había nadie, tan solo mi fiel sombra que me seguía allá donde fuera como un preso encadenado por un tobillo que debe obedecer sin oponer resistencia alguna.

15 ene. 2016

El extraterrestre que quiso alcanzar la luna

David Bowie siempre ha pertenecido a ese, por fortuna cada vez menos selecto, grupo de admiradores de la obra de Luis Buñuel y para corroborarlo, por si algún lector incrédulo todavía no lo acepta, sirva este pequeño fragmento de texto en forma de anécdota:

Corría el año 1976, un por entonces jovencísimo David Bowie, se encontraba realizando su gira "Isolar Tour" donde decidió proyectar al comienzo de cada concierto Un Chien Andalou de Luis Buñuel, seguido por la canción Station to Station. A pesar de tratarse de un cortometraje dirigido en 1929, gran parte del público asistente que no había oído hablar de Buñuel, ni por ende de su transgresor cine, pensaron que se trataba de un experimento llevado a cabo por algún grupo punk de la época, movimiento que por otra parte, se encontraba en pleno auge. 

Ante esta deliciosa anécdota solo me queda añadir un elemento más, y es que parafraseando el episodio IV (A New Hope) de Star Wars, ¿Quién es más genio, el genio o el genio que sigue al genio? Para un servidor la respuesta es obvia: ambos. 

12 mar. 2015

La dulce mirada del extraño (Cuento sin moraleja)

En una entrevista para el diario El País a raíz del estreno en Cannes de la película Habemus Papam, le preguntaban al director de la misma, Nanni Moretti, si pensó mucho en Buñuel al preparar la película, ya que en la rueda de prensa previa había afirmado que se sentía como Buñuel, "Ateo gracias a Dios".
   Él constaba: “Me sirvió para comparar las diferencias que pueden existir al encarar la iglesia católica en una película, y que van desde la postura de Pasolini a la de Buñuel. Reconozco que escribiendo Habemus Papam volví a revisar Le charme discret de la bourgeoisie y La voie lactée. Pero mi ironía es muy distinta, especialmente en comparación con Buñuel.

El texto que tienen a continuación, es simplemente un intento de reflexión, ya me dirán si conseguido o no, sobre esa curiosa frase de Buñuel que repitió Moretti, "Soy ateo gracias a Dios".

El hombre con la cara manchada miraba atentamente una cruz de oro que descansaba en lo alto de una iglesia todavía en construcción. 
   Desde que se puso la primera piedra, El hombre con la cara manchada había ido a visitar la cruz. No había faltado un solo día. Se había convertido en una importante costumbre para él.

Aunque la iglesia permanecía todavía en construcción, estaba abierta a los creyentes y a los turistas, y se celebraban misas todos los días. Sin embargo, El hombre con la cara manchada no había cruzado la puerta ni una sola vez. Jamás había asistido a una misa. Él solamente se quedaba afuera observando aquella bellísima cruz. 
   No era creyente, o al menos, no practicante, y no sentía la necesidad de rezar, solamente la de mirar la cruz. Una y otra vez. Incluso dos o tres veces al día si era preciso.      
   Para él, ese era el pan nuestro de cada día. 
No necesitaba más ni tampoco quería más. Le daba igual que la gente no lo entendiera o que se burlaran de él, ya lo habían hecho bastante en su juventud por culpa de la mancha que devoraba buena parte de su cara. Se había acostumbrado a que se rieran de él, a que apartaran la mirada cuando pasaba, por miedo, por repugnancia, por lo que fuera. Se había acostumbrado a todo, por eso cuando ahora a sus sesenta y cinco años lo seguían haciendo, no le importaba lo más mínimo. 
   Sin embargo, a veces le dolía no haber conocido el amor. No haber podido tener siquiera una relación más o menos cariñosa con alguna mujer. Y no era porque él no quisiera, a veces lo deseaba con toda su alma, pero su insólita cara provocaba repulsión en las mujeres, que aunque menos duras e hirientes que los hombres, también apartaban la mirada a su encuentro. 

Pero todo eso se le olvidaba cuando observaba atentamente aquella cruz de oro. Sentía que no necesitaba nada más, y que era feliz así, aunque realmente no lo fuera. Ni quizás lo consiguiera ser nunca.


(Para quién quiera leer la entrevista completa con Nanni Moretti, consultar el siguiente enlace: http://elpais.com/diario/2011/05/15/cultura/1305410401_850215.html)

29 jul. 2014

La delicadeza de la araña contra la agresividad de la mariposa

Hace relativamente poco tiempo vi por primera vez, una experiencia que sin duda espero que se repita, una película de Elia Kazan. El film en cuestión era Splendor in the grass con Natalie Wood y Warren Beatty de protagonistas. 
   Me siento obligado a decir que quedé cautivado con la interpretación y la belleza de la joven Natalie, a la que solamente conocía de un par de películas que pienso volver a revisar en el menor tiempo posible. Pero lo que más me llamó la atención fue la fragilidad que transmitía en todo momento en pantalla. 
   Al terminar la película me leí del libreto que acompañaba el dvd, la biografía de Natalie Wood y me sorprendió descubrir a una joven totalmente diferente de lo que había visto en pantalla.

Según el texto escrito por el ilustre Gregorio Belinchón, Natalie no era para nada frágil ni inocente, sino más bien una muchacha ávida, despierta, lujuriosa...etc. Allí explicaba, entre otras cosas, que tuvo una voraz vida sexual porque no conseguía encontrar un hombre que pudiera satisfacerla por completo. 

   Ante tamaño descubrimiento, me puse manos al teclado y tecleé el texto que os disponéis, espero, a leer a continuación. Seguramente mi ingenuidad habrá echo de las suyas, pero esta vez no me importa, porque he decidido dejarme llevar y dar rienda suelta a todo aquella que quisiera salir. 

Aquel hombre la conservaba apartada como si fuera un pequeño pero valiosísimo souvenir que tuviera miedo de que fuera a romperse, dada su bella fragilidad. Lo más especial de ella era su pelo, una lamina de caballos resplandecientes por el color del sol, y sus labios rojos como la sangre, que además era lo que más le excitaba de ella.
   Desde niño le habían fascinado las mujeres que se pintaban los labios. Especialmente aquellas que todavía no estaban en edad de hacerlo, pero que aun así lo hacían.

Sentía que era su juguete particular, y por eso la retenía presa, atada y amordazada a su cama. 
   Pero ella no había gritado. Llevaba cautiva más de un mes y todavía no había gritado. Nunca había llorado ni gemido y cuando aquel hombre la miraba desde su obsceno asentamiento, ella parecía disfrutarlo. Era como si también ella lo necesitara. O al menos eso era lo que pensaba aquel hombre; que a ella le gustaba ese perverso juego de dudosa moralidad que más tarde o más temprano iba a acabar desembocando en la sexualidad más desquiciada.

Lo que aquel hombre sentía por aquella rareza de mujer rayaba la insana obsesión del coleccionista más enfermizo. 
   Le gustaba tocarla y sentir como se le erizaba la piel y su respiración se entrecortaba. De repente, y como por arte de magia, él se sentía duro; insensible al dolor. En ese momento aunque le hubieran clavado un puñal apenas lo había sentido. Estaba demasiado embriagado por el olor de aquella mujer. Cada vez que le ponía ese perfume tan especial, Imperial Majesty, era como si se emborrachara de pasión al olerlo. Era el preferido de aquel hombre y siempre guardaba un frasco para ponerle a aquella mujer y que oliera como a él tanto le gustaba.
   Ella adoraba ese gesto de él, porque ese perfume tenía fama de ser el más caro de todo el mundo, pero a él no parecía importarle gastarse una fortuna con tal de satisfacer su fetichista deseo.

También a ella le gustaba sentirlo duro.

El deseo que sentían en ocasiones el uno por el otro era incontrolable. Para aquel hombre era como convertirse en otra persona. Para aquella mujer era como romperse en mil pedazos para luego recomponerse bajo una forma distinta; siempre perdía alguna parte suya en cada transformación que desaparecía para siempre.

No obstante le gustaba. Y a él también.

Eran el uno para el otro; aunque aquel hombre fuera un caballero vestido de animal salvaje y aquella mujer una fiera sin domar que se ocultaba bajo su frágil apariencia.

15 may. 2014

La violencia de la realidad en el momento de aplastar al subcosciente

Como si se tratara de una ráfaga de cierzo que entra por tu ventana hasta colarse en el interior de tu cuarto, la inspiración llega cuando menos la esperas. 
   En este caso, me encuentro divagando entre el sueño y la prosa mientras hago esfuerzos por mantener los ojos abiertos y vomitar todas las imagenes que se me representan en mi interior. 

El significante echo de no estar en mi habitación, ni siquiera en mi casa, también ayuda a que prefiera el calor de las teclas del ordenador que me han prestado para trabajar, a la humedad de una cama ya ocupada en la que me veo obligado a dormir por motivos ajenos que no pretendo explicar pero que seguro que están de alguna forma en el texto que voy a intentar transcribirles a continuación. 

Es muy posible que tenga más de una falta, que me haya dejado algún acento o haya colocado una coma donde no corresponde. Todo esto es posible debido a que una vez más la realidad quiere aprisionarse e impedirme robarle más horas al sueño.

Solo hay dos cosas que verdaderamente amo en esta vida; una de ellas son las armas de fuego, la otra es dispararlas.
   No se el motivo, ni la razón si la hubiere por lo cuál esto es así, pero únicamente me siento realizado con ellas. Es el deseo de emplearlas el que me levanta cada mañana, hasta en esos días en los que no querrías salir nunca de la cama. Pero luego me levanto y allí están ellas; me pongo a disparar... y siento la excitación de la muerte que me envuelve, hasta transformarse en un deseo que mayormente solo se cumple en mi imaginación, pero que a veces se convierte en realidad.

Pero no todo es tan bonito. Empecé a usar las armas porque era un cobarde, y para mi desgracia, esa situación apenas ha cambiado. 
   Toda mi vida he sido un cobarde incapaz de defender aquello que ha sido considerado como mío. Por culpa de esto perdí a mi familia y a mis hijos; a mis amigos y conocidos; por culpa de todo esto perdí mi vida...

Pero a cambio encontré a las armas. Y su incesante calor de fuego. 
   Al poco tiempo me convertí en un destructor. Un destructor de la belleza que impera en el mundo. Mientras ella siguiera existiendo, yo no estaría completo, porque al destruirla, la hacía mía absorbiendo su alma que pasaba inmediatamente a formar parte de la mía. 

Y entonces empecé a matar; como un depredador que lo consume todo a su paso. Pero no por necesidad; ni por hambre; ni siquiera por sobrevivir. Únicamente lo hacía por avaricia. Por que cuanto más tenía mi cuerpo, más quería mi espíritu. Ya he perdido la cuenta de a cuantas personas maté. No es que no recuerde el numero, es que mi cerebro se niega a seguir acordándose de ellas.

Lo que había empezado por placer y excitación, se estaba convirtiendo en una carga. Una terrible y pesada carga que ahora me quería a mí mismo. No le bastaba con toda la muerte de mi alrededor, ahora me quería a mí porque sin mi no podría subsistir nunca más. Y por eso me necesitaba.
   Me quería y me odiaba.  Y no pensaba parar hasta que me tuviera. Yo sabía que era mi fin y lo aceptaba. Era culpa mía que todo esto estuviera sucediendo. Por mi había empezado y conmigo acabaría. Eso era lo justo. Eso era lo que tenía que pasar para que todo volviera a la normalidad.

   No recuerdo más que el silbido de una bala que dejaba atrás una pequeña y controlada llamarada viniendo hacía mí. Eso era lo último que recuerdo, así que supongo que eso fue mi final.

11 abr. 2014

Un Chien Andalou + The Pixies

En la película This is 40 (2012, Judd Apatow http://www.imdb.com/title/tt1758830/) hay una escena en la que el protagonista, Pete (encarnado por Paul Rudd, el eterno novio de Phoebe en Friends), canta y baila de forma muy alocada mientras lleva a sus hijas al colegio con una canción de los Pixies. Sus hijas lo miran desconcertadas, y la mayor incluso un poco asustada, por lo que Pete se ve obligado a parar la canción y explicarles que se trata de una canción homenaje de los Pixies a la primera película del director Luis Buñuel. Por supuesto esto detalle no aplaca a sus hijas, que no le dejan que vuelva a ponerla, pero es motivo suficiente para que ustedes y su narrador la veamos con otros ojos. Desgraciadamente no he sido capaz de encontrar un clip de vídeo con la propia escena, pero sí he hallado la canción de los Pixies sobre la que versa dicha escena.

Presten especial atención al estribillo de la canción, que repite: "I am Un Chien Andalusia".


Para terminar, les dejo por si entre nuestros potenciales lectores se encuentra algún seguidor del grupo estadounidense, un pequeño fragmento de una de las críticas de su concierto en el Llolapalooza Chile:

"Aunque las primeras notas de Arcade Fire ya sonaban en el fondo de la edición chilena del Llolapalooza, miles de personas seguían frente al escenario en el que habían tocado los Pixies con una misma idea en la cabeza: No puede ser que se hayan ido sin tocar Debaser.
   Pero así fue. La popular canción inspirada en el corto surrealista del director de cine español Luis Buñuel, Un Chien Andalou, se quedó fuera del escenario tras un delicioso concierto al que solo le faltó la guinda".